(Este texto será abordado como una opinión Shingeki no Kyojin en su conjunto, incluyendo tanto el manga como su adaptación al anime.)
Odio Shingeki no Kyojin, y no afirmo esto por algún tipo de rechazo emocional o animadversión personal hacia la obra. Mi rechazo radica en que se ha convertido en el principal estandarte de un medio que aprecio profundamente: la animación japonesa. Tampoco se debe a su condición de obra mainstream; mi crítica apunta a que su dialéctica resulta profundamente errónea y a que el sistema moral que articula es, cuanto menos, cuestionable.
Hajime Isayama ha declarado públicamente que escribió esta historia desde el resentimiento. No pretendo profundizar en las implicancias de esa afirmación, pero sí señalar lo que considero el aspecto más problemático de la obra: la construcción de una moral que, de manera sutil pero persistente, termina por romantizar postulados propios del fascismo.
La crítica al autoritarismo termina convirtiéndose, paradójicamente, en una forma de glorificación del mismo. Es aquí donde muchos defensores de la obra incurren en un doble estándar. Si se afirma que "Shingeki no Kyojin" no es una obra de carácter fascista, entonces cabe sostener que su crítica al fascismo está mal construida o resulta conceptualmente deficiente. Sin embargo, cuando se señala precisamente esa deficiencia, la respuesta suele ser que la obra no puede ser considerada apologética porque, en teoría, critica esas mismas ideas.
Shingeki no Kyojin desarrolla un telos ideológico que manifiesta una marcada simpatía hacia imaginarios militaristas y autoritarios. Aunque intenta tomar distancia de ellos mediante la representación de Eren como una figura trágica o moralmente condenable, ese distanciamiento resulta insuficiente. La puesta en escena, la construcción épica del personaje y el tratamiento narrativo de sus acciones terminan por romantizar aquello que aparentemente buscan cuestionar.
Si a ello se suma el historial de declaraciones y posturas atribuidas a Hajime Isayama, que muestra una simpatía hacia figuras o episodios vinculados al militarismo japonés, la lectura de la obra en esa clave adquiere una mayor plausibilidad.
Si una obra pretende criticar el autoritarismo, resulta contradictorio que, al mismo tiempo, convierta a su principal exponente en una figura martirizada. El martirio constituye un elemento recurrente dentro de numerosas doctrinas políticas, entre ellas el fascismo, donde la disposición a morir por una causa superior adquiere un valor moral y simbólico. Si Eren es sacrificado en nombre de un supuesto bien mayor y, posteriormente, los personajes afirman haber alcanzado una madurez moral gracias a sus acciones, la obra deja de cuestionar la lógica de la instrumentalización y el genocidio para conferirles un sentido trascendente.
El problema radica en que Isayama construye a Eren como un mártir. Por ello, la crítica al autoritarismo fracasa en sus propios términos: la caracterización del personaje genera una disonancia entre la intención crítica de la obra y los valores que efectivamente comunica. El Ethos que establece la narración no se corresponde con el Logos que pretende articular; por el contrario, termina legitimando una concepción instrumental del individuo, en la que la violencia extrema aparece como un sacrificio necesario para posibilitar una transformación histórica.
La obra llega incluso a presentar a Eren como una figura indispensable, alguien cuya visión y cuyas acciones resultan necesarias para producir el cambio. No ofrece una crítica consistente del autoritarismo. Por el contrario, la estructura moral de su relato termina legitimando algunos de los principios que afirma cuestionar.
Toda la construcción narrativa está orientada a presentar a Eren bajo una estética de la tragedia romántica. Como señalé anteriormente, la obra humaniza un conjunto de acciones que difícilmente puedan inscribirse dentro de un Ethos humanista. El problema no es que Eren sea un personaje complejo o moralmente ambiguo, sino que la narración le otorga una dimensión sacrificial que termina dotando de dignidad moral a un proyecto genocida. Se trata de un recurso discursivo que recuerda a las narrativas empleadas para justificar o resignificar la figura de líderes autoritarios como Mussolini o Stalin, presentando sus crímenes como el costo inevitable de una causa histórica superior.
Los defensores de la obra suelen argumentar que las acciones de Eren constituyen una respuesta racional al conflicto que enfrenta Paradis. Sin embargo, esa interpretación parte de una falsa dicotomía. AoT presupone que las únicas alternativas posibles son la aniquilación del enemigo o la propia destrucción, ignorando deliberadamente la existencia de soluciones diplomáticas, políticas o institucionales que históricamente han permitido resolver conflictos étnicos y territoriales sin recurrir al exterminio.
Este reduccionismo responde a una concepción profundamente militarizada del conflicto. Isayama construye un mundo en el que la violencia extrema aparece como la única herramienta eficaz para producir cambios históricos. Esa lógica queda sintetizada en la máxima «devorar o ser devorado», presentada como si describiera una verdad ineludible sobre las relaciones humanas. El problema es que la obra no se limita a representar esa visión del mundo: termina naturalizándola como un principio legítimo de acción política, reforzando una concepción instrumental del poder y de la violencia.
Shingeki no Kyojin pretende desarrollar una crítica a ideologías y fenómenos propios del mundo real mediante una construcción diegética que carece del sustento conceptual necesario para hacerlo. En consecuencia, su discurso político también fracasa. Sostener que las inconsistencias de la obra se justifican porque "pertenece a un mundo ficticio" no invalida esta crítica; por el contrario, implica aceptar que el telos de la obra está construido sobre presupuestos deliberadamente erróneos, lo que termina debilitando la coherencia de su propio discurso.
La comparación con autores como Michael Moorcock resulta ilustrativa. Isayama toma (por no decir robar) ideas presentes en la obra de Moorcock —particularmente aquellas vinculadas al conflicto permanente y a la ambigüedad moral de sus protagonistas—, pero existe una diferencia fundamental. En la saga del Campeón Eterno, las críticas al autoritarismo se desarrollan dentro de un sistema moral claramente articulado a partir de la oposición entre Ley y Caos. Dicho marco no solo posee coherencia interna, sino que también ofrece una reflexión consistente sobre las distintas formas de autoridad y de ejercicio del poder. Los personajes pueden ser moralmente ambiguos, pero esa ambigüedad nunca sustituye el desarrollo filosófico de las ideas que la obra intenta explorar.
La estética presenta elementos visuales y simbólicos asociados con los imaginarios del fascismo y del nacionalismo autoritario. En este sentido, la configuración de los muros de Paradis —María, Rose y Sina— puede leerse como la representación de una fortaleza civilizatoria: un espacio concebido como homogéneo, aislado y permanentemente amenazado por un exterior considerado bárbaro o corruptor. Esta construcción espacial remite a una concepción característica de los discursos nacionalistas excluyentes, en los que la comunidad política se define mediante la separación radical entre un "nosotros" y un "ellos". La capital, Mitras, refuerza esto mediante una arquitectura de inspiración clasicista, caracterizada por amplias columnatas, escalinatas monumentales y una marcada simetría compositiva.
Especial relevancia adquiere el lema «dedicar el corazón», convertido en uno de los principales emblemas ideológicos de la serie. Esta consigna trasciende su dimensión narrativa para constituirse en una exaltación del sacrificio absoluto del individuo en favor de una entidad colectiva superior. La glorificación del soldado dispuesto a ofrecer su vida por la supervivencia de la nación, junto con la subordinación de la voluntad individual al deber patriótico, constituye uno de los componentes recurrentes de los imaginarios fascistas y de otras formas de nacionalismo militarizado. Por otra parte, la construcción narrativa de los eldianos como un pueblo definido por una herencia biológica excepcional —el denominado «poder de los Titanes»— introduce una dimensión racial. La atribución de capacidades inherentes a un linaje específico y la utilización de dicha condición tanto para justificar su persecución como para fundamentar aspiraciones de superioridad son los mecanismos discursivos presentes en las doctrinas raciales desarrolladas por el nacionalsocialismo. La representación del Imperio de Marley muestra todo esto mediante la inclusión de campos de internamiento, sistemas de identificación obligatoria mediante brazaletes y políticas institucionalizadas de segregación étnica, elementos que remiten explícitamente a prácticas implementadas por el tercer reich.
Toda ficción requiere un determinado grado de verosimilitud, no necesariamente en un sentido realista, sino en términos de coherencia lógica y semántica. Incluso cuando una obra construye un universo autónomo, debe desarrollar un sistema conceptual capaz de sostener las discusiones que propone. Esta exigencia se vuelve aún más relevante cuando el relato aborda cuestiones como el autoritarismo, el genocidio, el racismo o la violencia política. Si la estructura lógica del mundo narrativo no logra fundamentar adecuadamente esas problemáticas, el discurso termina incurriendo en contradicciones que debilitan la validez de sus propias conclusiones.
Isayama recurre de manera explícita a referencias históricas como el Holocausto, la persecución de los judíos, el militarismo y los genocidios. Si su intención era construir una reflexión sobre la diplomacia, las jerarquías de poder, el racismo o la violencia política, entonces esas analogías deben poder sostenerse bajo un análisis conceptual riguroso, cosa que no hace Iyasaya. Por el contrario, reduce todo a un postulado profundamente repudiable en dónde observa estás acciones como un "mal necesario".
En definitiva, esta reflexión terminó siendo más extensa de lo que había previsto. Mi rechazo hacia Shingeki no Kyojin no responde a una reacción emocional ni a un prejuicio contra su popularidad, sino a la convicción de que se trata de una obra cuya construcción narrativa y filosófica resulta profundamente deficiente. Simplifica fenómenos políticos e históricos de enorme complejidad para sostener una visión del conflicto que, lejos de cuestionar el autoritarismo, termina romantizando y legitimando algunas de sus lógicas fundamentales.
No pretendo decirle a nadie qué debe o no debe disfrutar. Cada lector/espectador es libre de establecer sus propias conclusiones. Mi intención ha sido únicamente exponer las razones por las que considero que AoT fracasa como crítica política.
Si este texto sirve para que alguien reexamine la obra desde una perspectiva distinta o cuestione algunos de los presupuestos ideológicos que la atraviesan, entonces habrá cumplido su propósito. La reflexión crítica sobre la ficción no consiste en prohibir aquello que nos molesta o que rechazamos, sino en analizar con rigor las ideas que transmite y las implicancias éticas de los relatos que decidimos celebrar.
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