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Review of The Legend of Zelda: Ocarina of Time

No me considero un crítico, y mucho menos alguien que posea una verdad definitiva sobre los medios que consume y acerca de los cuales intenta formular una interpretación. Por esta razón, nunca he sido reacio a revisar o modificar mis propias posiciones cuando estas han sido cuestionadas o confrontadas con argumentos que considero pertinentes. El ámbito de los videojuegos, particularmente, no constituye mi principal campo de especialización. Si bien me considero una persona que ha jugado una cantidad considerable de obras, soy consciente de que mi experiencia dentro del medio podría ser mucho más amplia y de que aún existe un vasto repertorio que desconozco. Dicho esto, resulta particularmente interesante reflexionar sobre un medio artístico cuya consolidación histórica es relativamente reciente en comparación con otras formas de expresión.

La Ilíada y la Odisea han sido consideradas por numerosos académicos como algunas de las obras fundacionales y más trascendentales de la ficción. La propia figura de Homero ha sido objeto de procesos contrapuestos de mitificación y desmitificación: mientras autores como Borges contribuyeron a consolidar su dimensión casi legendaria, otros, como Hédelin, adoptaron una perspectiva más crítica respecto de su historicidad y de la autoría de los poemas homéricos. Independientemente de la veracidad histórica de la existencia de Homero, la figura que se articula en torno a estas dos obras representa uno de los puntos culminantes de la tradición narrativa.

En la mitología encontramos algunos de los fundamentos de aquello que posteriormente formaría la retórica y la construcción narrativa de la ficción: pathos, ethos y logos aparecen subordinados a una estructura en la que historia, personajes y mundo conforman un sistema coherente. Joseph Campbell, recurriendo tanto a elementos procedentes de la tradición comparada de los mitos como a conceptos vinculados con el psicoanálisis y otras corrientes de pensamiento, intentó identificar en El héroe de las mil caras las funciones simbólicas y ontológicas que determinados arcos narrativos cumplen dentro de las historias. Su propuesta del viaje del héroe permitió reconocer la recurrencia de ciertos arquetipos a través de culturas, épocas y tradiciones distintas, pero, sobre todo, permitió comprender cómo dichos arquetipos adquieren una función concreta dentro de una estructura narrativa.

Desde esta perspectiva, comprendemos que difícilmente sea casual que Arturo deba extraer Excalibur de la piedra, que los niños de Peter Pan se encuentren perdidos en un territorio que les resulta desconocido o que Gandalf desempeñe, dentro de El Señor de los Anillos, la función de guía moral y espiritual para Frodo. Estos elementos no existen únicamente como ornamentos narrativos: forman parte de sistemas simbólicos que otorgan significado a los personajes y al mundo que habitan. Existe, por tanto, una razón por la cual determinadas historias consiguen trascender el tiempo. No se limitan a contar acontecimientos; construyen una mitología propia, establecen una lógica interna y dialogan con tradiciones anteriores mediante una compleja red de intertextualidades.

Con el transcurso de los siglos, seguimos maravillándonos ante la capacidad de estas historias para representar verdades que, en ocasiones, nuestra propia realidad parece incapaz de reconocer plenamente. La relación con la naturaleza, el respeto hacia la fauna y los demás seres vivos, la percepción de las formas, las texturas, los espacios y la memoria histórica son dimensiones que pueden adquirir una profundidad particular cuando son transformadas en materia narrativa. El valor de estas obras no reside únicamente en su antigüedad, sino en su capacidad para continuar interpelándonos desde contextos históricos radicalmente distintos de aquellos en los que fueron concebidas.

Y es precisamente dentro de esta genealogía de grandes obras donde considero que debe situarse The Legend of Zelda: Ocarina of Time. No afirmo esto porque considere que sea, de manera objetiva, «el mejor videojuego de la historia». Una afirmación semejante reduciría una obra de semejante magnitud a una competición. Lo que considero verdaderamente significativo es que, al igual que ocurre con las grandes obras narrativas mencionadas anteriormente, Ocarina of Time consigue construir un mundo que no se agota en su propia ficción, sino que nos invita a observar nuevamente el nuestro.

Hyrule no funciona únicamente como el escenario de una aventura. Sus paisajes, ruinas, pueblos, templos, ciclos temporales, criaturas y relaciones entre sus habitantes construyen la impresión de un mundo que posee una existencia propia. El jugador no se limita a atravesar un espacio diseñado para conducirlo de un punto narrativo a otro: explora un territorio que parece contener una historia anterior y posterior a su propia presencia. Es precisamente esa capacidad para generar la sensación de un mundo vivo la que permite que la obra alcance una dimensión trascendente.

Esta trascendencia es una de las características que permiten reconocer a las obras verdaderamente colosales. No necesariamente son aquellas que carecen de defectos, ni aquellas que pueden ser proclamadas como las mejores mediante una escala objetiva, sino aquellas capaces de alterar nuestra manera de comprender el medio al que pertenecen y, al mismo tiempo, devolvernos una mirada distinta sobre aquello que existe fuera de ellas.

Los videojuegos, entendidos actualmente como un medio artístico legítimo y plenamente consolidado, son hoy una industria cultural de dimensiones extraordinarias. Sin embargo, su desarrollo artístico y narrativo no puede comprenderse únicamente desde su evolución tecnológica o comercial. Obras como Ocarina of Time y Metal Gear Solid contribuyeron a demostrar que el videojuego podía constituirse en un espacio legítimo para experimentar con nuevas formas de narración, construcción de mundos, simbolismo e interacción. Fueron, en ese sentido, parte de una generación de obras que sembraron las semillas de posibilidades que posteriormente serían exploradas y ampliadas por otros creadores.

Quizá no llegue a presenciar todas las nuevas formas de arte que surgirán en el futuro. El desarrollo de la cultura y de sus medios es demasiado amplio como para pretender conocer de antemano aquello que todavía no ha sido creado. Sin embargo, todavía soy joven, y precisamente por ello no quisiera perder la oportunidad de reconocer, estudiar y valorar aquellas obras que hicieron posible que hoy podamos hablar de los videojuegos en los mismos términos en los que hablamos de otras grandes manifestaciones artísticas.

Entre ellas se encuentra Ocarina of Time. No necesariamente porque sea «el mejor videojuego», sino porque fue, es y probablemente continuará siendo una obra fundamental para comprender las posibilidades expresivas del medio. Su importancia no reside exclusivamente en aquello que consiguió hacer en el momento de su lanzamiento, sino también en aquello que permitió imaginar después de él.

Y quizá sea esa, finalmente, una de las formas más significativas de trascendencia artística: una obra que no termina cuando concluye su historia, sino que continúa existiendo en las obras que inspira, en las discusiones que genera y en la manera en que transforma nuestra percepción de aquello que el arte puede llegar a ser.
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Added by Gladus
2 days ago on 15 September 2026 09:48

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