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Joker review
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Review of Joker

Tras volver a ver Joker (2019), motivado por la insistencia de quienes la consideran una obra sobresaliente —alegando que no constituye una mera imitación de The King of Comedy de Martin Scorsese y que ofrece una exploración profunda de trastornos mentales complejos—, mi impresión inicial no solo se mantiene, sino que se ha reforzado.

En primer lugar, considero que la película resulta extraordinariamente tímida y superficial en su tratamiento político. Recuerdo que, tras su estreno, proliferaron interpretaciones que la describían como un panfleto anarquista de izquierda, una fantasía incel de derecha o una compleja alegoría sobre la polarización social. Sin embargo, ninguna de esas lecturas encuentra un sustento sólido en el propio texto cinematográfico, precisamente porque Joker presenta un discurso político notablemente vacío. La Gotham que construye carece de una verdadera articulación de sus jerarquías sociales, económicas e institucionales. No soy particularmente afín a The Batman; la considero una película fallida que no logra comprender plenamente la dimensión byroniana del personaje de Batman. No obstante, incluso esa obra procura desarrollar una estructura sociopolítica reconocible para su universo ficcional. Joker, en cambio, ni siquiera alcanza ese nivel de construcción: su ciudad existe únicamente como un escenario abstracto cuyo propósito es reforzar la condición de víctima del protagonista.

La incorporación de la familia Wayne resulta narrativamente irrelevante. Su presencia apenas incide en el desarrollo de la trama, ya que la película nunca examina de manera significativa su posición de poder, sus vínculos con las estructuras económicas de Gotham o su influencia política. Del mismo modo, la insurrección popular que tiene lugar durante el desenlace carece de una fundamentación lógica. La película plantea que una multitud decide sumirse en el caos y la violencia tras el asesinato de un conductor de televisión sensacionalista a manos de Arthur Fleck. Sin embargo, el relato nunca explica por qué ese acontecimiento específico se convierte en el detonante de una revolución social.

Esta ausencia de mediaciones políticas resulta especialmente problemática si se considera que toda movilización colectiva requiere algún tipo de principio articulador. Como sostenía José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas, incluso las rebeliones más irracionales necesitan estructurarse alrededor de una idea política, por precaria que esta sea: «La masa en rebeldía ha perdido toda capacidad de religión y de conocimiento. No puede tener dentro más que política, una política exorbitada, frenética, fuera de sí, puesto que pretende suplantar al conocimiento...». En joker ocurre exactamente lo contrario. La masa representada es esencialmente apolítica, ya que la película nunca muestra un proceso de politización del malestar social ni la conformación de un movimiento con objetivos definidos. Por el contrario, Gotham ya era presentada desde el comienzo como una ciudad profundamente degradada, marcada por la delincuencia, la desigualda.

En consecuencia, el desenlace plantea una paradoja difícil de justificar: si la ciudad ya se encontraba sumida en una crisis estructural, ¿por qué la población decide rebelarse precisamente después de que un individuo con evidentes trastornos psicológicos asesine a un presentador de televisión? La transformación de Arthur Fleck en un símbolo revolucionario no emerge de un desarrollo orgánico del relato, sino que constituye una imposición del guion.

Martin Scorsese en Taxi Driver también construye un relato profundamente intimista, el atentado perpetrado por Travis Bickle posee una dimensión política claramente identificable dentro de la lógica de la obra. La violencia responde a una motivación concreta y se encuentra integrada en el contexto social que el film desarrolla desde sus primeras escenas. Joker, por el contrario, intenta introducir una discusión sobre el conflicto de clases, la marginalidad y el estallido social sin desarrollar con suficiente profundidad ninguno de esos ejes.

Todo lo anterior podría resultar relativamente tolerable si la película compensara estas deficiencias con una construcción sólida de su protagonista. Sin embargo, aquí aparece un segundo problema: la evidente incomprensión del personaje que pretende adaptar. Una defensa frecuente de este tipo de producciones —que suelen presentarse como versiones "maduras" de sus materiales de origen— consiste en atribuirles una profundidad intelectual superior a la de las obras originales. Con frecuencia, esta supuesta sofisticación no es más que una pretensión autoral que termina subestimando el texto del cual parte.

Un ejemplo paradigmático es el de David Benioff y D. B. Weiss durante la adaptación de A Song of Ice and Fire. Conforme la serie comenzó a distanciarse de las novelas de George R. R. Martin, sus responsables parecieron convencerse de que podían construir un relato superior al original. El resultado es ampliamente conocido: Game of Thrones perdió buena parte de su consistencia precisamente cuando abandonó el andamiaje narrativo proporcionado por las novelas.

En Joker ocurre un fenómeno similar. Todd Phillips decide narrar la historia de un personaje que, según sus propias declaraciones posteriores al estreno, en realidad no es el Joker. Lo que la película presenta es la vida de un hombre con graves trastornos mentales cuya principal característica consiste, paradójicamente, en no ser el personaje cuyo nombre figura en el título. Arthur Fleck sería simplemente un individuo cualquiera sobre el que la sociedad proyecta la imagen del Joker, convirtiéndolo involuntariamente en un símbolo.

Sobre el papel, esta premisa puede parecer ingeniosa. Sin embargo, basta examinarla con detenimiento para advertir que responde a la misma pretensión de profundidad que atraviesa el resto de la película. Tras el estreno de Joker: Folie à Deux, Todd Phillips sostuvo que el público había malinterpretado la primera entrega y que Arthur nunca había sido realmente el Joker, sino un individuo progresivamente deshumanizado cuya identidad era independiente del célebre villano de DC. En ese mismo proceso llegó incluso a sugerir que muchos de los espectadores no habían comprendido el verdadero propósito de su gran obra.

Esta defensa resulta profundamente problemática. La estrategia argumentativa del director consiste, en esencia, en afirmar que una película titulada Joker nunca pretendió tratar sobre el Joker y que fueron el público, la campaña publicitaria e incluso la propia DC quienes interpretaron erróneamente esa premisa. Más que una aclaración, esto funciona como una justificación frente a la incompetencia de la película a la hora de tratar la figura del Joker.

Además, esta interpretación agrava varios de los problemas ya señalados. Si Arthur nunca iba a convertirse en el Joker, la inclusión de elementos fundamentales de la mitología de Batman —como la familia Wayne— pierde aún más sentido dramático. Estos componentes no cumplen una función significativa dentro de la narración y terminan operando únicamente como referencias superficiales destinadas a evocar un universo con el que la película, en realidad, no desea comprometerse.

La pregunta, entonces, resulta inevitable: si la intención nunca fue construir una historia sobre el Joker, ¿por qué titular la película joker? El mismo relato podría haberse contado sin recurrir al personaje de DC y habría tenido mayores posibilidades de desarrollar con profundidad sus dimensiones políticas, sociales, filosóficas y psicológicas. Phillips decide deliberadamente apoyarse en un imaginario previo que nunca explora de manera consistente para, posteriormente, justificar esa ausencia apelando a una supuesta intención artística que el público habría sido incapaz de comprender.

El problema no radica en que dicha intención sea especialmente compleja o haya sido malinterpretada; el problema es que, incluso aceptándola, aporta muy poco desde el punto de vista artístico. Se trata de una estrategia que confunde ambigüedad con profundidad y que termina convirtiéndose en un gesto autorreferencial antes que en una verdadera propuesta estética.

En Batman Returns Tim Burton también se apartó de numerosos aspectos del Batman de los cómics, modificando su tono, su ética e incluso parte de su caracterización. Sin embargo, esa reinterpretación funcionaba porque previamente establecía una identidad coherente tanto para Batman como para Gotham dentro de su propio universo cinematográfico. A pesar de todas sus diferencias con el material original, el protagonista seguía siendo reconociblemente Batman. Arthur Fleck nunca termina de convertirse en aquello que la película promete desde su propio título. Es simplemente un hombre al que le ocurren desgracias sucesivas.

Y es precisamente aquí donde aparece otro de los grandes problemas del film: su estructura narrativa. La totalidad de la trama parece organizada en torno a una acumulación constante de sufrimientos cuyo único propósito consiste en reforzar la condición de víctima de Arthur. Es posible comprender que la intención sea retratar a un individuo psicológicamente fracturado dentro de una sociedad igualmente enferma. Sin embargo, joker lleva esta lógica hasta un extremo donde el sufrimiento deja de ser un recurso dramático para convertirse en una fórmula repetitiva.

Cada nuevo acontecimiento está orientado a intensificar la miseria del protagonista: el abuso sufrido durante la infancia, la ausencia de una figura paterna, sus trastornos psiquiátricos, la precariedad laboral, la humillación pública, sus delirios respecto a la vecina, el fracaso como comediante o las continuas agresiones físicas. El guion encadena una tragedia tras otra con una insistencia tal que termina transformando el dolor en un mecanismo casi mecánico. La película dedica un enorme esfuerzo a demostrar que la vida de Arthur es miserable, pero apenas introduce elementos que complejicen esa condición o permitan explorar otros aspectos de su personalidad.

Incluso dejando de lado el evidente cinismo de esta construcción, el resultado acaba siendo redundante. El sufrimiento deja de generar impacto porque la película insiste una y otra vez en el mismo procedimiento narrativo.

Alan Moore también dota al Joker de un pasado profundamente trágico y presenta el proceso mediante el cual un hombre ordinario termina precipitándose hacia la locura. Sin embargo, allí el pasado funciona como una hipótesis destinada a reflexionar sobre la fragilidad de la cordura humana. En Joker la tragedia no adquiere un significado filosófico equivalente; simplemente se acumula de forma progresiva hasta convertir la desgracia en el principal motor de la narración.

Lo que distingue a un escritor de la talla de Alan Moore de la propuesta de un mediocre como Todd Phillips es, precisamente, su comprensión de la economía narrativa y de la ambigüedad como recursos expresivos. Moore nunca necesita explicitar ni subrayar el sentido de su obra; por el contrario, confía en la capacidad del lector para reconstruir el significado a partir de los acontecimientos. La célebre premisa de The Killing Joke —la posibilidad de que un solo mal día baste para quebrar la cordura de cualquier individuo— nunca es presentada como una verdad absoluta, sino como una hipótesis formulada por un narrador cuya credibilidad permanece constantemente en entredicho. El propio Joker reconoce que sus recuerdos son contradictorios y que prefiere recordar su pasado "de múltiples maneras", introduciendo así una ambigüedad que impide reducir su caída a una simple cadena de causalidades psicológicas.

Nada de esto ocurre en joker. La película elimina cualquier margen de incertidumbre y opta por una explicación lineal y determinista de la transformación de Arthur Fleck. Su descenso a la violencia no se construye mediante una compleja interacción entre decisiones, contradicciones y circunstancias, sino a través de una acumulación incesante de desgracias que rozan la porno-tortura. En consecuencia, el personaje termina reducido a un esquema causal excesivamente simplista, incapaz de desarrollar una evolución psicológica verdaderamente rica o abierta a interpretaciones más complejas.

Por último, me gustaría abordar una de las afirmaciones más frecuentes entre los defensores de la película: la idea de que esta versión del Joker sería la más "realista" y "humana" del personaje. Esta apreciación revela un conocimiento limitado del propio Joker. Los cómics llevan décadas explorando al personaje desde perspectivas psicológicas, filosóficas y morales sumamente diversas, sin necesidad de reducirlo a una explicación causal unívoca ni de convertirlo en una víctima absoluta de las circunstancias.

Paradójicamente, Arthur Fleck no resulta un personaje especialmente complejo, ni tampoco una versión más humana del Joker. La razón es sencilla: nunca llega a poseer aquellos rasgos que históricamente han definido al personaje. Su evolución no culmina en la construcción de una identidad propia, sino que permanece como la historia de un hombre con graves trastornos mentales que comete un asesinato en público, un acontecimiento que, además, difícilmente podría considerarse extraordinario dentro de la Gotham caótica que la propia película establece desde sus primeras escenas.

Por ello, me resulta difícil aceptar que Joker constituya una lectura especialmente profunda del personaje o de los problemas sociales que pretende abordar. Más bien, percibo el intento de revestir una historia relativamente convencional con una apariencia de sofisticación intelectual que el desarrollo narrativo nunca termina de sostener. La película parece más interesada en distanciarse del material original que en dialogar con él de manera crítica o creativa.

En definitiva, no considero que Joker sea una buena reinterpretación del contexto del personaje. Comprendo perfectamente que muchos espectadores la encuentren una obra disfrutable, pero desde mi perspectiva representa el intento de un pedante por situarse por encima del material que adapta, en lugar de comprenderlo. Todos los problemas de la secuela de mierda que tuvo ya están cimentados en esta nefasta película.
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Added by Gladus
1 month ago on 4 August 2026 11:23