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Review of 28 Years Later

La película presenta diversos problemas narrativos de carácter estructural. En primer lugar, hereda varias de las limitaciones de 28 Days Later (Danny Boyle), especialmente en lo que respecta a la construcción de un mundo diegético plano y escasamente desarrollado. En la obra de Boyle, esta carencia podía resultar admisible debido a su marcada vocación intimista, ya que el interés del relato recaía principalmente en la experiencia subjetiva de sus personajes antes que en el desarrollo exhaustivo del contexto social. En gran medida, esa decisión explica la recepción favorable que tuvo la película en su momento.

En esta nueva entrega, sin embargo, dicha estrategia resulta insostenible. El mundo representado carece de consistencia y autonomía, pese a que la obra pretende retratar un escenario de colapso global. Mientras que novelas como Guerra Mundial utilizan el apocalipsis como punto de partida para desarrollar una sátira política y social, aquí ese contexto funciona únicamente como un recurso para aislar a los personajes y exponerlos a situaciones de barbarie. Como consecuencia, el propio concepto de barbarie pierde densidad dramática, ya que la amenaza central continúa siendo exclusivamente la de los infectados.

Uno de los mayores aciertos de 28 Days Later consistía en establecer que, en un contexto de descomposición social, el ser humano termina convirtiéndose en el principal peligro para sus semejantes, idea representada a través de la figura de los militares. Si bien es posible señalar que el tramo final de aquella película privilegia la acción por sobre otras dimensiones del relato, nunca abandona por completo esa perspectiva crítica. En cambio, 28 Years Later renuncia a ese conflicto para desarrollar una historia mucho más convencional centrada en los infectados, reduciendo a su mínima expresión la complejidad temática que distinguía a su predecesora.

La caracterización de Jimmy constituye otro de los puntos débiles del film. El personaje se encuentra definido casi exclusivamente por el miedo y, más allá de su condición de niño, carece de elementos sustanciales que le otorguen mayor profundidad psicológica o dramática. Su presentación resulta limitada no solo desde el punto de vista narrativo, sino también en términos visuales, ya que intenta reproducir el impacto de la secuencia inicial de 28 Days Later sin comprender los recursos que la hacían efectiva.

Esta tendencia responde a una práctica frecuente en el cine contemporáneo: recrear sensaciones asociadas a obras del pasado mediante el empleo de tecnologías actuales. Un caso comparable es Alien: Romulus. El problema de este tipo de aproximaciones radica en que suelen apelar a una nostalgia superficial y a una imitación estética que busca generar reconocimiento inmediato, pero que rara vez comprende los principios narrativos y visuales que otorgaban fuerza a las escenas originales. En 28 Days Later, por el contrario, la dirección de arte no constituía un mero recurso estilístico, sino un elemento plenamente integrado a la construcción narrativa y al sentido dramático de la obra.

Uno de los aspectos más celebrados de 28 Days Later desde el punto de vista cinematográfico fue la representación de un Londres completamente desierto. La potencia de esta secuencia no residía únicamente en su impacto visual, sino también en su relevancia narrativa. Por un lado, la ciudad vacía reflejaba la desolación emocional del protagonista y funcionaba como una metáfora de su aislamiento y de su desconexión con el paso del tiempo, un recurso que posteriormente The Walking Dead retomaría en la construcción del despertar de Rick Grimes. Por otro lado, la secuencia adquiría una dimensión política: el Londres despoblado se convertía en un reflejo del fracaso de la civilización y de la violencia intrínseca del ser humano, particularmente del sujeto europeo que la película pone en cuestión.

En 28 Years Later, estos subtextos desaparecen para dar lugar a una propuesta mucho más convencional, centrada en el espectáculo de la violencia y el gore. La colorimetría queda reducida a una predominancia de tonos rojizos que evocan una estética artificial, mientras que la puesta en escena se limita a cumplir una función eminentemente utilitaria. La imagen carece de una verdadera dimensión narrativa e intertextual: no construye significado por sí misma, sino que se restringe a ilustrar aquello que el guion ya ha explicitado. Del mismo modo, la fotografía, excesivamente pulida, contrasta con la textura áspera y casi documental de 28 Days Later. En aquella película, la cámara constituía un elemento expresivo fundamental que acompañaba la subjetividad de los personajes y contribuía activamente a la construcción del relato; en 28 Years Later, en cambio, su función se reduce a registrar los acontecimientos. Esto demuestra que la mera incorporación de tecnologías más sofisticadas no implica necesariamente una mejora en el lenguaje cinematográfico.

Incluso cuando la dirección intenta reproducir la sensación de caos y desorientación característica de la primera entrega, el resultado termina siendo poco convincente. La puesta en escena carece de una elaboración suficiente para sostener ese efecto, en parte debido al uso excesivo de música extradiegética y a una iluminación marcadamente artificial, elementos que debilitan la sensación de inmediatez y verosimilitud que distinguía a la obra original de Boyle.

La dimensión ética del relato también evidencia un retroceso significativo. Como se ha señalado anteriormente, 28 Days Later construía su reflexión moral a partir de la exploración de la barbarie como consecuencia del colapso de las estructuras sociales. La violencia, la ejecución preventiva de posibles infectados o el abuso sexual ejercido por los militares no eran simples acontecimientos argumentales, sino manifestaciones de una deshumanización progresiva que cuestionaba los límites éticos de la supervivencia.

En 28 Years Later, por el contrario, el conflicto moral se desplaza hacia problemáticas de carácter estrictamente interpersonal —como la infidelidad, la paternidad o el alcoholismo—. Si bien estos temas pueden resultar relevantes en otro tipo de relatos, aquí sustituyen la reflexión sobre la barbarie que articulaba el discurso de la obra original. El problema no radica únicamente en este cambio de enfoque, sino en que la película pretende otorgar una complejidad psicológica a sus personajes sin dedicar el tiempo narrativo necesario para desarrollarla. Como consecuencia, los conflictos íntimos terminan apareciendo como elementos superficiales que no alcanzan la profundidad dramática que el film parece buscar.

No puede afirmarse que Jim de 28 Days Later sea un personaje especialmente complejo desde el punto de vista psicológico. Sin embargo, su conflicto interno en torno a un proceso gradual de deshumanización se encuentra claramente articulado a lo largo del relato. La película construye esta transformación de manera progresiva: en un primer momento, el Londres desierto funciona como una representación metafórica de su aislamiento y de la pérdida de todo vínculo con el orden social; posteriormente, esa ruptura se materializa en la violencia que el propio protagonista ejerce contra los militares durante el desenlace. No se trata de un arco narrativo particularmente sofisticado, pero sí de una evolución coherente con el *ethos* de la obra y correctamente integrada en su estructura dramática.

En 28 Years Later, por el contrario, los personajes transitan de un estado emocional a otro sin que exista una elaboración narrativa que justifique dichas transformaciones. Un ejemplo de ello es la relación entre el joven protagonista y su padre, que pasa abruptamente de una obediencia casi absoluta a una actitud de abierta rebeldía sin que el film construya un proceso intermedio que permita comprender ese cambio. La película intenta abordar conflictos internos similares a los que posteriormente desarrollaría The Walking Dead, pero lo hace sin conceder a sus personajes el tiempo ni la profundidad necesarios para sostenerlos dramáticamente. En la serie, esos dilemas morales emergen como consecuencia de un desarrollo prolongado de los personajes; en 28 Years Later, en cambio, aparecen como decisiones narrativas impuestas más que como el resultado orgánico de su evolución.

Asimismo, el intento de asociar el imaginario medieval con la barbarie constituye uno de los aspectos más problemáticos del discurso de la película. La obra confunde la instrumentalización de tecnologías y formas de organización propias de un contexto preindustrial con una supuesta degradación moral inherente a dicho período histórico. Esta lectura reproduce una concepción anacrónica y simplista de la Edad Media, entendida como una etapa esencialmente salvaje y violenta, interpretación que ha sido ampliamente cuestionada por la historiografía contemporánea.

Desde una perspectiva filosófica, esta equiparación también resulta insostenible. En sus reflexiones sobre la historia universal, Hegel sostiene que la barbarie no debe identificarse con un menor desarrollo tecnológico o cultural, sino con una condición moral caracterizada por la ausencia de racionalidad ética. Como afirma el filósofo: «Si llamamos barbarie al desprecio de los grandes dotes naturales, no nos referimos a aquella barbarie natural que queda del lado de acá de la cultura» (Hegel, *Werke*, t. XVI, p. 129). En este sentido, la barbarie no consiste en un retorno material a formas de vida anteriores, sino en una degradación de los principios éticos que regulan la convivencia humana. Precisamente esa dimensión era la que 28 Days Later exploraba con mayor profundidad y que 28 Years Later reemplaza por una representación superficial del primitivismo, reduciendo un problema moral complejo a una cuestión meramente estética o tecnológica.

Las influencias estéticas y narrativas asociadas al imaginario tribal o medieval también fracasan debido a la falta de verosimilitud histórica que las sustenta. La película construye una representación de la Edad Media como un período esencialmente antiintelectual, estático y aislado, utilizando esa imagen como base para una metáfora —por momentos excesivamente explícita— en torno a la figura del "zombi alfa". Sin embargo, dicha caracterización responde más a un lugar común que a una reconstrucción históricamente fundada.

Lejos de constituir una época inmóvil o cerrada sobre sí misma, la Edad Media estuvo atravesada por constantes procesos de expansión política, militar y cultural. José de Jesús Herrera Ospina señala que la consolidación de la teocracia medieval estuvo estrechamente vinculada con proyectos expansionistas como los de Carlomagno: «Todo estuvo mediado por una campaña político-militar que tuvo como objetivo llegar a Italia, algo inusual debido a las condiciones geográficas, sobre todo por el paso de los Alpes» (Herrera Ospina, Carlomagno, p. 106). Esta perspectiva evidencia que la dinámica medieval estuvo marcada por procesos de movilidad y reorganización territorial, muy alejados de la imagen de inmovilismo que propone la película.

Si la intención del film era establecer una analogía entre determinadas formas de organización social y la instrumentalización del poder, el resultado termina aproximándose mucho más a experiencias históricas propias de los regímenes totalitarios del siglo XX —como el Tercer Reich— que a cualquier realidad medieval. No obstante, incluso esa lectura queda apenas insinuada, ya que la obra vuelve a confundir la barbarie con determinadas estructuras políticas o niveles de desarrollo tecnológico, sin comprender que la primera constituye una categoría ética antes que una condición histórica o material.

Por otro lado, la película propone una concepción particularmente problemática de la figura del infectado. Su cosmología se articula a partir de una lógica evolucionista y determinista según la cual los zombis desarrollan nuevas jerarquías biológicas, representadas en la aparición de los denominados "Alfas". Esta decisión pretende dotar al infectado de una dimensión simbólica más compleja, presentándolo como una alegoría de la degradación humana y del retorno a formas primitivas de organización social.

Sin embargo, esta metáfora termina fracasando debido a una contradicción de carácter ontológico. La película intenta construir una crítica moral de la barbarie a través de seres que, dentro de la tradición mítica y del propio universo del género, han perdido precisamente aquello que hace posible cualquier juicio ético: la racionalidad. La organización de castas entre los infectados parece querer funcionar como una representación del primitivismo humano, pero dicha analogía carece de sustento, ya que los zombis no constituyen sujetos morales, sino organismos desprovistos de conciencia y voluntad.

Toda obra que pretende reflexionar sobre la barbarie necesita preservar un espacio para la deliberación ética. La barbarie no consiste únicamente en la violencia, sino en la posibilidad de elegirla. Cuando esa capacidad desaparece, la violencia deja de ser un problema moral para convertirse en un fenómeno meramente biológico. En consecuencia, resulta contradictorio utilizar criaturas cuya identidad se define precisamente por la pérdida de la racionalidad como vehículo para una alegoría sobre la decadencia ética de la humanidad.

Este tipo de representación podría resultar pertinente en relatos cuya preocupación filosófica sea la exploración de los límites entre la vida y la muerte o la progresiva desintegración de la identidad humana. Frankenstein; o, el moderno Prometeo, por ejemplo, convierte la monstruosidad en una cuestión existencial y moral, mientras que Herbert West–Reanimator de H. P. Lovecraft comprende que el deterioro del cerebro implica también la destrucción de la personalidad y de la vida intelectual. Como señala Lovecraft, West entendía que «el más ligero deterioro de las células cerebrales durante un período letal, por breve que fuese, podía destruir la vida intelectual y psíquica». En ambos casos, la pérdida de humanidad constituye el verdadero núcleo del conflicto filosófico.

28 Years Later, en cambio, parece apropiarse de esa tradición sin comprender plenamente sus implicancias. La película atribuye a los infectados comportamientos sociales y jerarquías que requieren capacidades cognitivas incompatibles con la naturaleza misma del zombi como figura mitológica. El resultado es una alegoría que pretende reflexionar sobre la barbarie humana, pero que termina desplazando dicha reflexión hacia criaturas que, por definición, ya no participan del ámbito de la moral. Así, la metáfora pierde consistencia conceptual y la crítica ética que intenta formular queda desprovista de fundamento.

Más allá de estas objeciones de carácter filosófico y estético, la película también presenta numerosas debilidades en su construcción narrativa. La relación entre la madre y su hijo depende reiteradamente de resoluciones arbitrarias y de conveniencias del guion que debilitan la credibilidad del relato. Asimismo, gran parte de los personajes cumplen una función meramente instrumental, actuando como simples plot devices destinados a hacer avanzar la trama antes que como individuos con una verdadera consistencia dramática.

El caso del doctor resulta especialmente débil. Su apelación al memento mori pretende otorgar una dimensión filosófica al relato, pero dicha idea carece de un desarrollo conceptual sólido y termina reducida a una serie de afirmaciones superficiales que no dialogan de manera significativa con la figura familiar que conflictua la película. Del mismo modo, toda la línea argumental vinculada con la enfermedad de la madre ocupa una porción considerable del metraje para desembocar en una resolución mediocre. La exploración de la maternidad, que podría haber constituido uno de los ejes temáticos más interesantes del film, queda así reducida a una sucesión de acontecimientos sin una elaboración dramática suficiente.

La construcción del mundo diegético también presenta inconsistencias difíciles de ignorar. Como se señaló anteriormente, el universo de la película carece de una lógica interna consistente. Un ejemplo de ello es la aparente continuidad operativa de la OTAN, pese a que 28 Weeks Later mostraba una expansión significativa de la infección hacia París. Si el colapso europeo alcanza semejante magnitud, la película nunca explica de manera convincente cómo continúan funcionando estructuras militares internacionales ni qué ha ocurrido con otros sistemas esenciales para la organización global, como las redes satelitales y las infraestructuras de comunicación.

Cada uno de estos aspectos podría desarrollarse con mayor profundidad, ya que todos ellos evidencian problemas estructurales que afectan tanto la dimensión narrativa como la propuesta estética y filosófica de la obra. No obstante, un análisis exhaustivo de cada uno de estos puntos excedería el alcance de esta crítica más de lo suficiente. Es una película horrible, que carga con si mismo en haber convertido a esta franquicia en una mierda de Zombi mal escrita, al nivel de su predecesora, con la diferencia de que esta le gustó a algunos.
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Added by Gladus
1 month ago on 24 July 2026 00:03